La columna de Valentín Tomé. Res publica. El coronavirus como test de stress al sistema

* Esta columna fue escrita antes de declararse la pandemia a nivel mundial y por motivos ajenos al autor no se ha podido publicar hasta ahora
 

Después de la crisis económica del 2008 cuyos efectos, doce años después, siguen siendo latentes, el sistema bancario se vio sometido a una serie de pruebas, conocidas como tests de stress, que pretendían valorar la estabilidad del sistema financiero ante posibles escenarios de riesgo de contagio o sistémico

Las primeras pruebas de resistencia bancaria se llevaron a cabo por el Comité de Supervisores Bancarios desde 2009 y se realizan cada año, contando con la colaboración del Banco Central Europeo y la Comisión Europea

Este tipo de prácticas son simulaciones que pretenden contener y anticipar momentos de pánico bancario. Aunque la teoría económica liberal o neoclásica insista en la “racionalidad” de los mercados, es bien sabido que esto simplemente es un postulado teórico que sirve como coartada ideológica pero que rara vez se cumple (la prueba más reciente y dramática de ello es la última crisis económica), de ahí la necesidad, entre otras razones, de llevar a cabo este tipo de pruebas, si bien la fiabilidad de las mismas es puesta permanentemente en duda por muchos especialistas.

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Ahora bien, siguiendo esta línea, ¿qué ocurre si interpretamos el brote epidémico del Coronavirus (COVID-19) como un test de stress a todo nuestro sistema organizativo: económico, social, político…? ¿Podríamos afirmar que el sistema está dando la talla ante la amenaza planteada?

Para ayudar a responder a esta ambiciosa pregunta debemos echar mano de lo empírico, ¿qué nos dice la observación de los hechos?. He aquí algunos datos extraídos de los medios que considero significativos:

Creo que cada uno de estos cinco hechos arroja luz suficiente sobre un aspecto concreto de nuestro sistema que pone al descubierto en su globalidad su carácter irracional y terriblemente absurdo.

Todo lo narrado es consecuencia directa de las estructuras que gobiernan nuestro mundo en los períodos de “normalidad”, y que son preexistentes a la llegada del COVID-19: fábricas contaminantes que contribuyen al calentamiento global; ley de la oferta y la demanda en la estimación de los precios que no atiende a las necesidades sociales sino al simple interés egoísta, junto con la frivolidad deshumanizada del mercado del lujo; aseguradoras que cubren las cosas que no suceden, no las que suceden de forma masiva; la inexistencia en EEUU de un sistema de salud público, gratuito y universal; o la precariedad laboral en la que jóvenes investigadores realizan su trabajo, más alarmante si cabe si la comparamos con lo que gana un futbolista, un broker de Bolsa o un youtuber, y que nos da una idea de las escalas de valor de nuestro mercado laboral.

Y todo esto no ha hecho más que empezar. Por ejemplo, ante el cierre de colegios decretado en varios puntos del país, podríamos preguntarnos: ¿quién se va a hacer cargo del cuidado de estos niños? Entre la clase alta esto no genera demasiados problemas. Será la empleada del hogar interna la que, además de atender las labores domésticas, tenga a su cargo a los niños. Pero ¿quién los cuidará en los hogares de los barrios populares? Cuando ambos padres trabajan, el recurso más habitual de las familias suelen ser los abuelos, pero, como sabemos, el COVID-19 afecta más letalmente a las personas mayores. Y sale entonces a la luz otra estructura latente: el patriarcado. Entre las personas asalariadas que no trabaja a tiempo completo debido a la necesidad de cuidar a otras personas (niños, enfermos, personas mayores o dependientes), el 94,74% son mujeres; por lo que esta labor recaerá fundamentalmente en ellas, que ya tienen una jornada parcial para poder encargarse de estas tareas.

Otra pregunta pertinente que podríamos hacernos es ¿cómo de cara sería una posible vacuna? Lo más probable es que no sea asequible a todos los bolsillos, puesto que la empresa que la desarrolle tendrá el monopolio de la patente y podrá cobrar básicamente lo que desee. Paradójicamente, esto sería así porque el Gobierno de cualquier país de Occidente detendría a cualquiera que fabrique la vacuna y no fuera el titular de la patente. El monopolio que otorga el Gobierno es lo que hace que la vacuna sea cara, nada intrínseco a sus costes de producción o investigación.

En anteriores columnas, he intentado exponer, con desigual fortuna y a lo mejor desde un marco excesivamente abstracto, cuáles son las principales estructuras (globalización salvaje, neoliberalismo, patriarcado…) que gobiernan nuestras vidas. Se podría pensar que se trataba de simples juegos intelectuales que nada tenían que ver con la realidad experimentada, pero si algo nos ha demostrado el coronavirus, es que aunque caigamos profundamente dormidos durante largo tiempo, al despertarnos, como el dinosaurio del cuento de Monterroso, el capitalismo y sus crueldades seguían estando ahí.